El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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V

Hay, según parece, un límite al orgullo materno, y este límite, en el caso de la señora Redwood, fue alcanzado al cumplir su retoño los seis meses de existencia terrena, cuando rompió el cochecito de lujo en que salía a pasear y tuvieron que volverlo a casa, berreando, en el carrito de la leche. En este momento el joven Redwood pesaba treinta kilos, tenía una talla de un metro veinte, y podía levantar un peso de otros treinta kilos. Tuvo que ser llevado a su cuarto escaleras arriba por la cocinera y la camarera. Después de aquello, el descubrimiento fue sólo cuestión de días. Una tarde, Redwood, de vuelta a su casa, al venir del laboratorio, se encontró con su desdichada esposa profundamente abstraída leyendo las fascinantes páginas de El átomo potente. Al ver a su marido, dejó el libro a un lado y echando a correr a su encuentro, estalló en llanto sobre su hombro.

—Dime qué le has hecho —se lamentó—. Dime qué has hecho.

Redwood la cogió de la mano y la condujo al sofá mientras meditaba sobre la adopción de una satisfactoria línea de defensa.

—Todo va bien, querida —dijo—, todo va bien. Estás un poco excitada. Y todo por culpa de ese cochecito barato. Mañana vendrá un hombre con un sillón de ruedas, algo fuerte y resistente…


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