El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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La señora Redwood se quedó mirándolo con los ojos llenos de lágrimas, por encima del pañuelo que tenía en la mano.

—¿Mi hijo en un sillón de ruedas? —preguntó.

—Bueno, ¿por qué no?

—Parecerá un inválido.

—Parecerá un gigante joven, querida, y no tienes ningún motivo para avergonzarte de él.

—Algo le has hecho, Dandy —dijo ella—. Te lo adivino en la cara.

—Bueno, sea lo que sea, no ha parado de crecer —dijo Redwood cruelmente.

—Ya lo sé —dijo la señora Redwood, haciendo una pelota con su pañuelo con una sola mano. Volvió a mirar a su marido, con un súbito cambio en su mirada, ahora severísima—. ¿Qué le has hecho a tu propio hijo, Dandy?

—Pero ¿qué le pasa?

—¡Es tan grande! Es un monstruo.

—Tonterías. Es un niño tan limpio y tan derecho como el que más. ¿Qué tiene de particular?

—Mira el tamaño que tiene.

—Pues está muy bien. ¡Mira a esos diminutos chavales que se ven alrededor! Él es el chico más guapo de todos…

—¡Es demasiado guapo!


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