El alimento de los dioses

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—No seguirá creciendo así —dijo Redwood tranquilizándola—. Es sólo el empuje inicial.

Pero sabía perfectamente que el niño seguiría creciendo. Y así lo hizo. A los doce meses de edad tenía una talla de un metro con cuarenta y siete centímetros y pesaba cincuenta y seis kilos. Era tan grande, en realidad, como uno de los querubines de San Pietro del Vaticano, y sus afectuosos tirones a los cabellos y golpes a la cara de los visitantes dieron mucho que hablar en West Kensington. Para subirlo y bajarlo de su cuarto, lo llevaban en un sillón de inválido, y la niñera especial que tenía, una joven musculosa, recién salida de la escuela de enfermeras, solía llevarlo a tomar el aire en un cochecillo al que se había adaptado un motor Panhard de ocho caballos para poder subir las cuestas, especialmente requerido para sus necesidades. Fue una suerte, por todo concepto, que Redwood tuviese su trabajo pericial, además de la cátedra.







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