El alimento de los dioses

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Pero, por fin, consiguieron hacerla entrar en el cuarto de los niños, y allí estaba Edward Monson Redwood («Pantagruel» fue un mote que le pusieron más tarde) balanceándose en una mecedora especialmente reforzada, sonriendo y diciendo: «Guu» y «Uau». Y el corazón de la señora Redwood se dulcificó otra vez ante su hijo, y lo cogió en brazos y lloró.

—Te han hecho algo —sollozó—, y tú seguirás creciendo y creciendo, cariño mío, pero haré todo lo que esté en mi poder para criarte bien, diga lo que diga tu padre.

Y Redwood, que había ayudado a llevarla hasta la puerta, se fue por el pasillo, muy reconfortado.

(¡Ejem! ¡Es un mal asunto eso de ser hombre… siendo las mujeres como son!).







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