El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Cuando la señora Redwood se dio cuenta de que el crecimiento de su hijo iba prosiguiendo de un modo indefinido y, por otra parte, lógico —cosa que acaeció por primera vez al llegar el cochecillo con motor—, se abandonó a un arrebato de dolor, declarando que no querÃa entrar más en el cuarto de los niños, que querrÃa estar muerta, que querrÃa que el niño estuviese muerto, que querrÃa no haberse casado con Redwood, que querrÃa que nadie se casara con nadie, representó un poco el papel de Ajax, y se retiró a sus habitaciones, donde vivió casi de caldo de gallina durante tres dÃas. Cuando se presentó Redwood para reconvenirla por su proceder, ella se puso a lanzar almohadas por todas partes, lloró y se mesó los cabellos.
—El niño está muy bien —dijo Redwood—. Cuanto mayor sea, tanto mejor. Tú no querrÃas verlo más pequeño que los hijos de los demás.
—Lo que quiero es que sea como los demás niños, ni mayor ni menor. Yo querrÃa que él fuera un niñito precioso, lo mismo que Georgina Phyllis es una niña preciosa, y querrÃa criarlo bien, de un modo normal, y ahà lo tienes —y la voz de la desdichada mujer se quebró— llevando unos zapatos enormes y paseándose en un coche con… ¡ay!… ¡gasolina!
«¡Nunca podré quererlo! ¡Nunca! ¡Es demasiado para mÃ! ¡Nunca podré ser una madre para él, tal como hubiera querido serlo!