El alimento de los dioses
El alimento de los dioses En un rincón, ese instrumento tan importante que se llama ábaco, de metro veinte de lado, pieza de hierro especialmente reforzada, con los ángulos redondeados, aguardaba las incipientes operaciones aritméticas de los jóvenes gigantes. HabÃa pocos corderitos de lana y demás Ãdolos parecidos, y en su lugar, Cossar, sin dar explicaciones, trajo un buen dÃa, en tres coches de alquiler, una gran cantidad de juguetes (todos ellos lo bastante grandes para que los futuros niños no pudieran tragárselos) que podÃan amontonarse, disponerse en hileras, rodar, morderse, ondear, sonar como una matraca, caérseles encima, tirar de ellos, abrirlos, cerrarlos, mutilarlos y hacer con ellos una serie de experimentos interminable. HabÃa ladrillos de madera de diversos colores, oblongos y cuboideos, ladrillos de porcelana pulida, ladrillos de vidrio transparente y ladrillos de caucho tablas y pizarras; conos, conos truncados y cilindros; esferoides achatados y alargados por los polos; pelotas de varias sustancias, macizas y huecas; muchas cajas de diversos tamaños y formas, con tapas engoznadas, o atornilladas, o ajustadas, y dos o tres con cerradura o candado; tiras de goma y de cuero, y un buen número de objetos, todos del mismo tamaño, que podÃan tenerse en pie, dando la impresión de figuras humanas.
—Déle ésos —decÃa Cossar—. De uno en uno…