El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Se adelantó con las manos a la espalda, se detuvo, volvió a avanzar unos pasos y escrutó con movimientos de pájaro las dimensiones del edificio donde se encontraba. Luego se frotó la barbilla, pensativo.
—Cada vez que vengo aquí —dijo con una nota amortiguada en el tono de su voz— me choca cada vez más una impresión: grande.
—Sí —convino Redwood inspeccionándolo todo de nuevo como si se esforzara en aprehender aquella impresión visible—. Sí. Es que ellos también serán muy grandes, ¿sabe usted?
—Lo sé —repuso Bensington con un tono que indicaba casi pavor—. Muy grandes.
Se miraron casi con aprensión.
—Muy grande —dijo Bensington frotándose el puente de la nariz con un ojo dubitativo fijo en Redwood. Esperaba alguna expresión confirmativa, y viendo que ésta no llegaba añadió—: Todos ellos, ¿sabe usted?, espantosamente grandes. No puedo imaginar… aun con esto… lo grandes que van a ser.