El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Lo que siguió fue una serie de resonantes golpes dados sobre una mesa y a continuación un grito que más bien parecÃa un graznido:
—¡Guuluu! ¡Buuuzuu! Pzz…
—Lo mejor que puedo hacer —dijo Redwood siguiendo una diferente lÃnea de ideas—, es enseñarle yo mismo.
Los porrazos se hicieron más insistentes. Durante un momento le pareció a Redwood que habÃan alcanzado un ritmo del zumbido de una locomotora, la locomotora que él habrÃa podido imaginar arrastrando el gran tren de los acontecimientos que se le echaba encima. Luego una serie descendente de golpes más secos rompió aquel efecto, y volvió a repetirse.
—¡Adelante! —exclamó al oÃr que alguien llamaba a la puerta.
Y la puerta, que era grande como la de una catedral, se entreabrió con lentitud. El nuevo malacate dejó de chirriar y Bensington apareció en la abertura, mirando con benevolencia por encima de sus gafas.
—Me aventuré a dar una vueltecita por ahà para ver —susurró de un modo confidencialmente furtivo.
—Pase —dijo Redwood, y asà lo hizo Bensington, cerrando la puerta tras de sÃ.