El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Estuvo rondando por allí, en medio de todos sus preparativos, una figurilla pensativa y taciturna. Si le hubierais podido ver os habría parecido igual que un hombrecillo de veinticinco centímetros de estatura en medio de los objetos corrientes que se encuentran en los cuartos infantiles. Una gran manta —en verdad era una alfombra turca— de treinta y siete metros cuadrados de superficie, sobre la que el joven Redwood estaba destinado a arrastrarse muy pronto, se extendía hasta el radiador eléctrico que, protegido por un enrejado, tenía que calentar el lugar. Un individuo de Cossar estaba empinado en el andamiaje, colocando el gran marco que debía contener los grabados transitorios. Un libro de papel secante para ejemplares de plantas, grande como la puerta de una casa, estaba apoyado en la pared, y de entre sus páginas sobresalía un tallo gigante, el borde de una hoja y una flor de pamplina, también de tamaño gigantesco, de aquel desmesurado tamaño que poco después proporcionaría fama a Urshot en el mundo de la botánica.

A Redwood le sobrevino cierta sensación de incredulidad, mientras se hallaba entre todas estas cosas.

—Sí es que esto realmente va a seguir así… —dijo mirando hacia el remoto techo.

De muy lejos llegó un sonido igual que el mugido de un toro de Mafficking, como si fuera una respuesta.

—¡Ya lo creo que sigue! —dijo Redwood—. Evidentemente.


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