El alimento de los dioses
El alimento de los dioses «Creo que deberé darle un pequeño teatro…
«Y, además, está la música…
Redwood reflexionó sobre aquello y decidió por fin que lo mejor serÃa que empezara con una armónica de una octava y de sonido puro. Más tarde podrÃa haber una extensión a la octava.
—Primero tocará con ésta, cantando y solfeando, y asà dará el nombre apropiado a las notas —dijo Redwood—, pero ¿y luego…?
Se quedó mirando al alféizar de la ventana, situada a un nivel más alto que su cabeza, y tomó la medida del tamaño de la sala con la mirada.
—Tendrán que construir el piano aquà dentro —dijo—, y traerlo desmontado.