El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Rápidamente se hizo evidente a la mentalidad pública que esta vez no había simplemente un centro único de distribución, sino bastantes. Uno de éstos se hallaba en Ealing, y no cabía la menor duda de que fue de ahí de donde vino la plaga de moscas y ácaros rojos. Otro se hallaba en Sunbury, productor de grandes anguilas ferocísimas, que salían del agua y llegaban a matar ovejas. Y también había otro en Bloomsbury, el cual gratificó al mundo con una nueva raza de cucarachas de una especie terrible, procedentes de un viejo caserón habitado por varias cosas indeseables. Bruscamente el mundo se encontró de nuevo arrostrando las aventuras de Hickleybrow, con toda clase de estrambóticas exageraciones de monstruos domésticos en vez de las gallinas, ratas y avispas gigantes. Cada centro estalló con sus características flora y fauna locales.

Sabemos ahora que cada uno de estos centros correspondía a sendos pacientes del doctor Winkles, pero esto no se hizo evidente por entonces. El doctor Winkles fue la última persona en incurrir en la reprobación general a causa de aquello. Hubo un enorme pánico, cosa muy natural, y se produjo una indignación apasionada, no contra el doctor Winkles, sino contra el Alimento, y hasta no tanto contra el Alimento como contra el infortunado Bensington, a quien ya desde el principio la imaginación popular había insistido en considerar como la sola y única persona responsable de este nuevo producto.


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