El alimento de los dioses
El alimento de los dioses La primera noticia que Bensington tuvo de aquello fue el rumor de la gente en el exterior. Se acercó a la ventana a mirar, sin darse cuenta de lo que era inminente. Durante un minuto acaso estuvo contemplando aquel hervidero en la entrada de su casa, viendo cómo se deshacían de una docena de ineficaces policías que intentaron cortarles el paso, antes de darse cuenta cabal de su importancia en el asunto. De repente, comprendió que aquella muchedumbre aulladora y ondeante iba en su busca. Se encontraba solo en el piso —afortunadamente, quizá—, ya que su prima Jane había ido a Ealing a tomar el té con una parienta suya por parte de madre, y el pobre Bensington no tenía más idea de cómo debía comportarse en aquellas circunstancias con las reglas de etiqueta del día del Juicio Final. Iba desesperadamente de un lado a otro del piso, preguntando a sus muebles qué tenía que hacer, dando vuelta a las llaves en las cerraduras para volverla a dar en seguida al revés, precipitándose hacia las puertas, las ventanas, el dormitorio… cuando entró el portero.
—No hay momento que perder, señor —le dijo—. ¡Saben el número de su habitación porque lo han leído en el tablero del vestíbulo! ¡Y vienen hacia aquí directamente!