El alimento de los dioses

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Hizo salir corriendo a Bensington al pasillo, donde ya se percibían los ecos del gran tumulto procedente de la escalera principal, cerró la puerta a sus espaldas y lo hizo entrar en el piso de enfrente por medio de su llave duplicada.

—Es nuestra única oportunidad —dijo.

Abrió de par en par la ventana, que daba a un pozo de ventilación, desde donde se veía que en la pared se habían fijado unas planchas de hierro que constituían la más rudimentaria y peligrosa de las escaleras de escape en caso de incendio, desde los pisos superiores. El portero empujó a Bensington fuera de la ventana, le enseñó cómo debía agarrarse para no caer y salió tras él, escalera arriba, acuciándolo y atizándolo en las piernas con el llavero cuando intentaba desistir de aquella ascensión. A veces, parecía a Bensington que se vería obligado a trepar por aquella escalera vertical interminablemente. Encima de él, el parapeto parecía inaccesible, remoto, a un kilómetro de distancia. Debajo… Procuró no pensar en lo que había debajo.

—¡Alto! —gritó el portero agarrándole el tobillo.

Era horrible sentirse el tobillo agarrado de aquel modo, y Bensington se asió firmemente a la plancha de hierro de más arriba, cogiéndose a ella con desesperación, y profirió un ahogado chillido de terror.


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