El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Era evidente que el portero habÃa roto el cristal de una ventana, y luego pareció que habÃa saltado de lado a gran distancia hacia un costado; en seguida se oyó el ruido de una ventana que se abrÃa. El portero le estaba diciendo a gritos cosas que él no comprendÃa.
Bensington volvió la cabeza hasta que pudo ver al portero.
—Baje seis peldaños —ordenó el buen hombre.
Todas aquellas idas y venidas parecÃan solemnes tonterÃas, pero, de todos modos, con muchÃsimas precauciones, Bensington bajó un peldaño.
—¡No me estire! —gritó al ver que el portero se disponÃa a ayudarlo desde la ventana abierta.
Le pareció que llegar a la ventana desde la escalera serÃa una hazaña respetable para un murciélago, y fue con la idea de efectuar un suicidio decente más que con la de alcanzar la meta, que por fin se decidió a dar aquel paso. El portero, sin ningún cumplido, lo metió dentro.
—Tendrá usted que quedarse —dijo—. Mis llaves no funcionan aquÃ. Es una cerradura americana. Voy a salir a ver si encuentro al inquilino de este piso. Usted se quedará aquà encerrado. No se acerque a la ventana, eso es todo. Es la muchedumbre más horrible que he visto en mi vida. Si creen que está usted ausente, probablemente se contentarán con destruir su producto…