El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Sus hombros encorvados, su rosada apariencia, sus brillantes gafas, llegaron a ser una «característica» de Tunbridge Wells. Nadie se mostró descortés con él en absoluto. Por el contrario, tanto el lugar aquél como el hotel parecieron estar muy complacidos de contar con su presencia. Nada podía evitarle ya aquella distinción. Y aunque prefería no seguir el desarrollo de su gran invento en los periódicos, cuando atravesaba el salón de descanso del hotel o se dirigían al manantial y oía cómo susurraban: «¡Ahí viene! ¡Es éste!», no era precisamente desagrado lo que ablandaba el rictus de su boca y hacía relucir un momento sus ojos.

¡Aquella figurilla, aquella diminuta figurilla, había lanzado el Alimento de los Dioses sobre el mundo! No se puede saber qué es lo más asombroso de esos hombres científicos y fisiólogos si su grandeza o su pequeñez. Podéis imaginároslo allí, en el manantial, embutido en el abrigo forrado de pieles. Está de pie, bajo aquella ventana de porcelana donde brota el chorro de agua mineral, bebiendo pequeños sorbos de agua ferruginosa del vaso que sostiene en la mano. Un ojo, por encima de la montura de oro, está fijo, con expresión de inescrutable severidad, en la prima Jane.

—¡Bah! —dice cada vez que toma un sorbo.


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