El alimento de los dioses

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Y el vicario también presentaba un aspecto rancio. Tenía un aspecto habitual y esencialmente rancio, como si hubiese sido un niño rancio nacido en una clase social añeja, un muchachito maduro y jugoso. Se podía ver, aun antes de que él lo mencionara en su chocheante locuacidad, que había asistido a una costosa escuela con edificios cubiertos de hiedra, con magníficas tradiciones, asociaciones aristocráticas y cuentes de laboratorios de química, y que de allí había pasado a un venerable college del más maduro gótico. Pocos libros tenía con menos de mil años, de los cuales Yarrow y Ellis y varios sermones premetodistas constituían la mayor parte. Era un hombre de talla mediana, un poco corto, en apariencia, debido a sus dimensiones ecuatoriales, y con un rostro que habiendo sido bien rancio ya desde el principio, era, en aquellos momentos, climatéricamente maduro. La barba de un David disimulaba la redundancia de su mentón; no llevaba cadena de reloj por exceso de refinamiento y sus modestos trajes clericales estaban confeccionados por un buen sastre del West End… En aquel instante se hallaba sentado con una mano en cada pierna, pestañeando a la vista de su pueblo, en una actitud de beatífica aprobación. Hizo un gesto con su regordeta mano hacia allí y sus preocupaciones se esfumaron. ¿Qué más podía desear?



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