El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Pero cuando Bensington comunicó a su prima Jane algo de lo que tenía en mente, la mujer puso veto de inmediato a la importación de renacuajos, o cualquier género similar de animaluchos experimentales, dentro de su vivienda. Ella no tenía inconveniente alguno en que su primo utilizase una de las habitaciones del piso para sus experimentos de química no explosiva, porque aquello, en lo que a ella se refería, no tenía consecuencias; y lo autorizó para que instalara un hornillo de gas y un sumidero, y hasta un armario lleno de polvo, refugio de la tempestad semanal de limpieza a la que no quiso renunciar. Y como había conocido a algunas personas adictas a la bebida, consideraba el ahínco que él demostraba para alcanzar distinciones y honores en las sociedades científicas como un excelente sustitutivo para la otra forma, mucho más grosera, de depravación. Pero se mostró intransigente en no admitir bichos de esos que se «menean» cuando están vivos y «huelen» cuando están muertos. Dijo que eso era insalubre, que Bensington se hallaba algo delicado de salud, y… que era una tontería afirmar lo contrario. Y cuando Bensington intentó aclarar la enorme importancia de su posible descubrimiento, ella respondió que estaba muy bien, pero que si consintiese en que él ensuciara e infectara todo en el piso en que vivían (y eso era lo que sucedería) estaba segura de que él sería el primero en quejarse.