El alimento de los dioses

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Bensington comenzó a andar de un lado para otro de la habitación sin hacer el menor caso de sus callos, y habló con su prima con gran franqueza e indignación sin obtener el menor resultado. Dijo que no admitía que se pusieran obstáculos al Avance de la Ciencia, y ella contestó que el Avance de la Ciencia era una cosa, y tener renacuajos en casa era otra; él arguyó que en Alemania podía darse por seguro que un hombre con una idea como la suya podría disponer inmediatamente de un laboratorio de más de seiscientos metros cúbicos de capacidad, a lo que ella respondió que estaba muy satisfecha y siempre lo había estado de no ser alemana; él dijo que aquello lo haría famoso para siempre, y ella contestó que lo más probable es que se pusiera enfermo si tenía que albergar en aquel piso un criadero de renacuajos; él afirmó que era el amo de casa y ella replicó que antes de tener que cuidar renacuajos iría a emplearse en una escuela; y él le pidió que fuera razonable, y ella le contestó que era él el que tenía que ser razonable y dejar de lado aquel enojoso asunto de los renacuajos. Y él opuso que ella debía respetar sus ideas, y ella aseguró que si apestaban, no, y entonces él perdió por completo los estribos y dijo, a pesar de las clásicas observaciones de Huxley al respecto, una palabrota. No de las peores, pero palabrota al fin.



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