El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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V

—¡Epa, epa! —dijo el vicario al comenzar el desayuno, el día siguiente de la llegada de la señora Skinner—. ¡Epa, epa! ¿Qué será esto? —Y golpeó el periódico con sus gafas, con aire de reprimenda—. ¡Avispas gigantes! ¿A dónde vamos a llegar…? ¡Serán periodistas norteamericanos, seguramente! ¡Al cuerno con estas Novedades! ¡A mí que me den grosellas gigantes…!

«¡Tonterías! —agregó y apuró el café de un trago, los ojos fijos en el periódico y haciendo un chasquido de incredulidad con los labios.

—¡Paparruchas! —continuó, rechazando la insinuación.

Pero al día siguiente había más, y se hizo la luz.

Pero no toda vino en seguida, sin embargo. Cuando el vicario salió a dar su paseo después de comer, estaba riéndose todavía de la absurda historia que el periódico pretendía hacer creer. ¡Avispas…! ¡Avispas que matan un perro…! Incidentalmente, al pasar por el lugar donde se había desarrollado aquella primera cosecha de bejines, observó que la hierba crecía muy alta, pero no relacionó en absoluto aquello con el motivo de su diversión.

—Habríamos oído algo con toda seguridad —se dijo—. Whitstable no está ni a veinte millas de aquí.


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