El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡Epa, epa! —dijo el vicario al comenzar el desayuno, el dÃa siguiente de la llegada de la señora Skinner—. ¡Epa, epa! ¿Qué será esto? —Y golpeó el periódico con sus gafas, con aire de reprimenda—. ¡Avispas gigantes! ¿A dónde vamos a llegar…? ¡Serán periodistas norteamericanos, seguramente! ¡Al cuerno con estas Novedades! ¡A mà que me den grosellas gigantes…!
«¡TonterÃas! —agregó y apuró el café de un trago, los ojos fijos en el periódico y haciendo un chasquido de incredulidad con los labios.
—¡Paparruchas! —continuó, rechazando la insinuación.
Pero al dÃa siguiente habÃa más, y se hizo la luz.
Pero no toda vino en seguida, sin embargo. Cuando el vicario salió a dar su paseo después de comer, estaba riéndose todavÃa de la absurda historia que el periódico pretendÃa hacer creer. ¡Avispas…! ¡Avispas que matan un perro…! Incidentalmente, al pasar por el lugar donde se habÃa desarrollado aquella primera cosecha de bejines, observó que la hierba crecÃa muy alta, pero no relacionó en absoluto aquello con el motivo de su diversión.
—HabrÃamos oÃdo algo con toda seguridad —se dijo—. Whitstable no está ni a veinte millas de aquÃ.
