El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Más lejos descubrió otro bejín, de la segunda generación, irguiéndose como un huevo de ave Roe por entre un matorral anormalmente denso.
Entonces la idea le llegó como un relámpago.
No dio la vuelta habitual de la mañana. En vez de ello, retrocedió al llegar al segundo portillo, dirigiéndose hacia el cottage de los Caddles.
—¿Dónde está el niño? —ordenó, y al verlo, exclamó—: ¡Dios mío!
Volvió cuesta arriba hacia el pueblo, murmurando interjecciones y se encontró con el médico que bajaba la cuesta a toda velocidad. El vicario lo cogió del brazo.
—¿Qué significa eso? —preguntó—. ¿Ha leído usted el periódico estos últimos días?
El médico contestó afirmativamente.
—Bueno, entonces, ¿qué le pasa al niño ése? ¿Qué pasa con todo lo demás…? ¡Avispas, bejines, niños! ¿Qué será lo que les hace crecer tanto? Es algo totalmente inesperado. ¡Y además en Kent! Si fuese en Norteamérica…
—Es un poco difícil decir precisamente de qué se trata. Por lo que yo puedo entender, los síntomas…
—¿Sí?
—Son de hipertrofia… de hipertrofia generalizada.
—¿Hipertrofia?