El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Constituyó desde el principio, según declaró siempre el vicario, un terrible trastorno para el pueblo. Parece haber tenido un impulso proporcionado al juego, mucha curiosidad y sociabilidad y, además, había un cierto anhelo en su interior (y lamento tener que decirlo) para comer aún más. A pesar de lo que Greenfleld calificaba como un «excesivamente generoso» suministro de alimentos por parte de Lady Wondershoot, el niño exhibía lo que el médico percibió en seguida como un «Apetito Criminal». Confirma hasta de un modo demasiado completo el peor aspecto de la experiencia que de las clases humildes había adquirido Lady Wondershoot, el hecho de que, a pesar de un suministro nutritivo enormemente por encima de lo que se considera como la necesidad máxima, incluso de un adulto, se descubrió un día que el chico robaba. Y lo que robaba se lo comía con poco elegante voracidad. Su manaza pasaba por encima de las tapias de los jardines y se dedicaba a coger el pan del carro del panadero. Los quesos desaparecían del almacén de Marlow, ni la gamella de los cerdos estaba libre de sus asaltos. Algún que otro aldeano al pasar por su campo de nabos se encontraba con las grandes huellas de los pies del niño y las pruebas de su hambre roedora, una raíz sacada de aquí, otra de allá, y los hoyos, con astucia infantil, torpemente disimulados. Se comía un nabo como si devorase un rábano. Si no había nadie que lo viera, se comía las manzanas del árbol, igual que los niños normales comen moras del moral. De todos modos, en cierto aspecto, esta escasez de provisiones fue beneficiosa para la paz de Cheasing Eyebright, porque durante muchos años se tragó hasta el último grano que se le dio del Alimento de los Dioses…