El alimento de los dioses
El alimento de los dioses No podía asistir a la escuela; no podía ir a la iglesia en virtud de las obvias limitaciones de su volumen cúbico. Hubo un intento de dar satisfacción al espíritu de aquella «disparatada y destructiva ley» —cito las palabras del vicario—, o sea, la Ley de Instrucción Elemental de 1870, haciendo que se sentara en la parte de fuera de la ventana abierta mientras se dictaba la clase pertinente en la parte de dentro. Pero su presencia allí quebrantaba la disciplina de los demás niños, los cuales siempre estaban sacando la cabeza por la ventana y mirándolo embobados, y cada vez que hablaba estallaban en carcajadas. ¡Tenía una voz tan extraña! Por consiguiente, dejaron que no asistiera a la escuela. Tampoco insistieron en que fuera a la iglesia porque sus vastas proporciones no eran de ninguna ayuda a la devoción. Y, no obstante, en este aspecto su tarea habría podido ser más fácil; hay buenas razones para suponer que dentro de aquel inmenso corpachón se albergaban los gérmenes de un sentimiento religioso. La música lo atraía. Se le veía a menudo en el cementerio parroquial los domingos por la mañana buscando su camino entre las tumbas, con mucho cuidado, después de haber entrado en la feligresía, y durante todo el servicio religioso permanecía sentado afuera, al lado del pórtico, escuchando como se escucha desde afuera una colmena de abejas. Al principio mostró cierta falta de tacto. Los fieles que se hallaban dentro de la iglesia oían los crujidos de los guijarros bajo sus pies inquietos alrededor del templo o perciban su borrosa cara mirando a través de los vitrales de los ventanales, mitad curiosa, mitad envidiosa, y, a veces, algún himno sencillo lo cogía por sorpresa y se le oía aullar lúgubremente en un gigantesco intento de cantar al unísono con todos. Al oírse aquella voz, el pequeño Sloppet, que hacía las funciones de entonador, de perdiguero, de muñidor, de enterrador, de sacristán y de campanero los domingos, además de ser cartero y deshollinador los demás días de semana, salía rápidamente con gran valentía y lo echaba de allí con mucha pesadumbre. Sloppet (y me complazco en hacerlo constar así) se sentía apesadumbrado por ello, al cable iba de aquí para allá, con el cuello alargado, buscando, siempre buscando la manera de satisfacer las dos necesidades primordiales de la infancia: algo para comer y algo con que jugar.