El alimento de los dioses

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Entonces aparecía una mirada de respeto furtivo en los ojos de la criatura y un intento de tocarse a modo de saludo la enmarañada greña que le caía sobre la frente.

Dentro de sus estrechos límites, el vicario poseía cierta imaginación —por lo menos los restos de una imaginación—, y respecto al joven Caddles dio en pensar en la enorme fuerza que semejante musculatura debía poseer. ¿Y si se volviera loco de repente…?

—¡Supongamos una mera falta de respeto…!

—Sin embargo, el verdadero valiente no es el hombre que no tiene miedo, sino el que teniéndolo sabe vencerlo. En todas y cada una de estas ocasiones, el vicario no dejó en libertad su imaginación. Y siempre que se dirigía al joven Caddles lo hacía rígidamente, con una clara voz de tenor litúrgico.

—¿Eres buen chico, Albert Edward?

Y el joven gigante, arrimándose a la pared y ruborizándose intensamente, respondía:

—Sí señor… Trato de serlo.

—Pues anda con cuidado —decía el vicario, pasando por su lado con una ligera aceleración de la respiración, todo lo más. Y por el respeto que tenía a su propia hombría, fuera lo que fuese lo que se imaginara, no volvía la cabeza hacia el peligro una vez había pasado por su lado.


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