El alimento de los dioses

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III

Inmediatamente después de aquel incidente, Lady Wondershoot meditó sobre las adiciones ejemplares a las afrentas y ayunos que había infligido y publicó un decreto. Lo hizo en primer lugar para que se enterara su mayordomo, y de un modo tan repentino que éste dio un respingo. El mayordomo estaba quitando de la mesa los utensilios del desayuno y Lady Wondershoot estaba contemplando por el alto ventanal que daba a la terraza el sitio donde aparecerían los cervatillos para que les dieran la comida.

—Jobbet —dijo con el tono más imperial de su voz—. Jobbet, ese rústico debe trabajar para ganarse la vida.

Y dejó bien sentado no sólo para Jobbet, lo cual era fácil, sino para todos los demás habitantes del lugar, incluyendo al joven Caddles, que en esta cuestión, como en todas las demás, haría lo que decía.

—Que trabaje —dijo Lady Wondershoot—. Ésa es la consigna para el señorito Caddles.

—Me parece que es la consigna para toda la humanidad —dijo el vicario—. Los simples deberes, el modesto ciclo, el tiempo de la siembra y de la cosecha…

—Exacto —dijo Lady Wondershoot—. Es lo que yo digo.


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