El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Cada dÃa le llevaban la comida: una ración de grano sin descascarillar en un vagón, un vagón de tren de trocha angosta, igual que uno de aquellos vagones que él llenaba constantemente de pizarra, y toda aquella carga de grano la solÃa quemar en un viejo horno de cal para devorarla después. A veces la mezclaba con un saco de azúcar, y a veces se sentaba para lamer un pilón de sal del que se da a las vacas o para comerse un enorme racimo de dátiles con hueso y todo, como los que se ven en Londres llevados en angarillas. Para beber iba al riachuelo que corrÃa más allá del lugar arrasado donde habÃa estado la Granja Experimental de Hickleybrow y acercaba el rostro a la superficie de la corriente. Fue a causa de este modo de beber después de haber comido, por lo que el Alimento de los Dioses se desmandó, evidenciándose en primer lugar en la aparición de unas algas enormes que surgÃan por las orillas, luego en unas grandes ranas, unas truchas todavÃa más grandes y unas carpas enormes, y por último, en una fantástica exuberancia de vegetación por todo aquel pequeño valle.
Y al cabo de un año poco más o menos, las extrañas y monstruosas sabandijas que vivÃan en el campo frente a la herrerÃa se hicieron tan enormes y se desarrollaron en cucarachas y escarabajos tan terrorÃficos —escarabajos a motor, los llamaban los muchachos—, que obligaron a Lady Wondershoot a marcharse al extranjero.