El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Y como que no obtenÃa respuesta, insistÃa:
—¿Para qué sirve el trabajo, madre? ¿Por qué tengo que cortar pizarra y tú tienes que lavar ropa, dÃa tras dÃa, mientras Lady Wondershoot se pasea en coche, madre, y viaja por todos esos paÃses extranjeros que ni tú ni yo veremos nunca, madre?
—Es que ella es una dama… —repuso la señora Caddles.
—¡Ah! —exclamó el joven Caddles. Y meditó profundamente.
—Si no existieran los señores que nos hacen trabajar —explicó la señora Caddles—, ¿cómo podrÃamos ganarnos la vida nosotros, los pobres?
Esto tenÃa que digerirlo.
—Madre —probó de nuevo—, si no hubiera señores, ¿las cosas no pertenecerÃan a las gentes como tú y yo? Y si asÃ…
—¡Por el amor de Dios! ¡Qué niño! —exclamó la señora Caddles la cual, con la ayuda de una buena memoria, se habÃa transformado en una vigorosa y floreciente personalidad desde la muerte de la señora Skinner—. ¡Desde que se llevaron a tu pobre abuelita, no hay modo de tratarte! No hagas preguntas y no te dirán mentiras. Si me pusiera a contestar todas tus preguntas en serio, tu padre tendrÃa que buscarse a otra persona para que le preparase la cena… ¡Y no hablemos de la ropa que quedarÃa por lavar…!