El alimento de los dioses
El alimento de los dioses SolÃa entrar en el patio que habÃa detrás de la casa de su madre, y después de una cuidadosa inspección del terreno, con el fin de no aplastar ninguna gallina o polluelo, se sentaba lentamente con la espalda apoyada contra el granero. Al cabo de un minuto, los polluelos a quienes les era muy simpático, iban a picotearle el musgoso barro gredoso de las costuras de la ropa, y si el viento anunciaba lluvia, el gatito de la señora Caddles, que nunca perdió su confianza en él, adoptaba una forma sinuosa, echaba a brincar hacia la casa, entraba en ella, saltaba al guardafuegos de la cocina, daba la vuelta, salÃa, se le encaramaba por la pierna, por el cuerpo, hasta pararse en el hombro, donde permanecÃa en actitud meditativa un momento, y luego ¡zap!, otra vez abajo, y asà sucesivamente. A veces le clavaba las garras en la cara de pura alegrÃa, pero él nunca se atrevió a tocar al gatito a causa del peso incierto que tendrÃa su mano sobre una criatura tan frágil. Además, hasta le gustaba que le hiciera cosquillas. Y al cabo de un cierto tiempo ya hacÃa preguntas comprometedoras a su madre.
—Madre —le decÃa—, si es tan bueno eso de trabajar, ¿por qué no trabaja todo el mundo?
Su madre alzaba la cabeza para mirarlo y respondÃa:
—Es bueno para los que son como nosotros.
—¿Por qué? —meditaba él.