El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Me figuro que aquella situación embarazosa continuó hasta que el chaval, recordando su hombría, conminó vehementemente al joven Caddles, con grandes gritos, amenazas y viriles blasfemias, como podían considerarse apropiadas a la ocasión, a que los dejara en el suelo, bajo pena de tremendos castigos. Con esto, el joven Caddles, acordándose de sus buenos modales, los bajó con gran cuidado y cortesía, adecuadamente cercanos, para que pudieran reanudar su sesión de besos y abrazos. Después de contemplarlos con cierta vacilación, desde arriba, optó por desaparecer en el crepúsculo…
—Me sentí hecho un tonto —me confesó después el chaval—. Casi no nos atrevíamos a mirarnos… habiendo sido sorprendidos de aquel modo…
«Besándonos, ¿sabe usted…?
«Y lo más curioso es que ella me echó toda la culpa a mí, me llenó de insultos y casi no me dirigió la palabra, de vuelta a casa…
El gigante se estaba aventurando en investigaciones por su cuenta, no cabía la menor duda. Estaba claro que su mente lo atormentaba a fuerza de preguntas. Estas preguntas las había formulado a muy pocas personas todavía, pero las respuestas lo dejaron muy confuso. Su madre, según creo, tuvo que verse sometida a esta especie de interrogatorio varias veces.