El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Un domingo, a la hora en que salen las estrellas, los murciélagos y las pasiones de la vida rural, había una joven pareja «besándose un poquito» en Love Lane, el camino bordeado de altos setos que va hacia Upper Lodge. Estaban dando rienda suelta a sus pequeñas emociones, tan seguros en aquel cálido y quieto crepúsculo como pueden desear estarlo unos enamorados. La única interrupción concebible que ellos creían posible venir era por la parte de arriba del sendero, pues el seto de tres metros y medio de altura que se dirigía hacia el silencioso altozano les parecía constituir una garantía absoluta.
Entonces, de pronto —de una manera increíble—, se sintieron levantados y separados.
Se vieron suspendidos, cada uno de ellos con un pulgar y un índice bajo los sobacos, mientras los perplejos ojos pardos del joven Caddles escrutaban sus acalorados y enrojecidos rostros. Se encontraron mudos con las emociones de su situación.
—¿Por qué os gusta hacer eso? —preguntó el joven Caddles.