El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El material para alimentar las ideas del joven gigante yacía todo a su alrededor. De un modo completamente involuntario, con sus espaciosos puntos de vista, su constante visión de las cosas desde arriba, debió haber visto mucho de lo que encerraba la vida humana, y a medida que se le hizo más claro el hecho de que él también, si se exceptuaba su torpe magnitud, pertenecía al género humano, debió haberse dado cuenta cada vez más de lo mucho que le estaba vedado, debido a esta melancólica distinción. El sociable zumbido de la escuela; el misterio de la religión, que era compartido en medio de tantos primores y elegancias y del que se exhalaba un tan dulce raudal de melodía; los joviales coros que se oían en la taberna; las habitaciones cálidamente brillantes, iluminadas con velas y con la lumbre del hogar, que él se complacía en mirar desde la oscuridad exterior, o también la excitada gritería y el vigor de las gesticulaciones al discutir algún asunto imperfectamente comprendido que se centraba en el campo de cricket, todas estas cosas debieron de clamar a su corazón en busca de compañía. Parece ser que, a medida que fue avanzando en la adolescencia, empezó a tomar un interés considerable en el proceder de los enamorados, en sus preferencias y parejas, en aquellas estrictas intimidades que son tan primordiales en la vida.