El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Este hombre era un convicto condenado a cadena perpetua —su crimen no nos importa—, a quien la ley creyó oportuno perdonar al cabo de veinte años. Una mañana de verano, este desgraciado, que había dejado el mundo cuando era un joven de veintitrés años, se encontró lanzado de la gris simplicidad de un trabajo penoso y una disciplina que habían constituido el núcleo de su propia vida a un mundo de deslumbrante libertad. Le habían echado encima unas ropas para él desacostumbradas, hacía unas semanas que su pelo había vuelto a crecer, y desde unos días atrás se había podido volver a hacer la raya, y allí estaba, en una especie de desaliñada y torpe novedad de cuerpo y de mente, parpadeando de cuerpo y alma, otra vez fuera, intentando darse cuenta de una cosa increíble: que, después de todo, volvía a estar en el mundo, y que para todas las demás cosas estaba totalmente falto de preparación. Tenía la suerte de tener un hermano que conservaba lo suficiente sus distantes recuerdos comunes como para haber acudido a es-trecharle la mano, un hermano que cuando él lo había dejado era un muchachito y que ahora era un hombre próspero con toda la barba… un hombre cuyos ojos inclusive le eran extraños. Y los dos juntos, él y aquel extraño de su familia, bajaron a la ciudad de Dover diciéndose pocas palabras y sintiendo muchísimas cosas.



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