El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Se sentaron un rato en una taberna, contestando el uno a las preguntas del otro, trayendo a la memoria anticuados y raros puntos de vista, echando a un lado un sinfÃn de nuevos aspectos y nuevas perspectivas, hasta que fue hora de irse a la estación para tomar el tren de Londres. Los nombres y los asuntos personales de que tuvieron que hablar los hermanos no interesan a nuestra historia; sólo interesan las alteraciones y la extrañeza ambiente que esta pobre alma de vuelta encontró en un mundo que en otro tiempo fue tan familiar.
En Dover pudo observar muy poco, excepto la excelencia de la cerveza de barril. Nunca habÃa bebido un trago de cerveza tan bueno, y lágrimas de gratitud brotaron de sus ojos.
—La cerveza es tan buena como siempre —dijo, creyendo, sin embargo, que era infinitamente mejor.
Fue sólo cuando el tren los llevaba traqueteando por Folkestone que pudo mirar aquel hombre más allá de sus emociones más inmediatas y ver lo que le habÃa ocurrido al mundo. Se asomó a la ventana.