El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Hace sol —dijo por duodécima vez—. No podÃa hacer mejor tiempo.— Y entonces, por vez primera, su mente se iluminó con la percepción de que habÃa nuevas desproporciones en el mundo.— ¡Por el amor de Dios! —exclamó incorporándose y mostrando animación por primera vez en su semblante—. ¿Qué son aquellos enormes cardos que crecen en la orilla al lado de la retama? Si es que realmente son cardos… ¿O ya me he olvidado de todo lo que sabÃa?
SÃ, eran cardos, y lo que tomó por altos matorrales de retama no era sino hierba, y en medio de todas estas cosas una compañÃa de soldados británicos —de rojo, como siempre—, estaba haciendo ejercicios militares de acuerdo con el libro de prácticas que habÃa sido parcialmente revisado después de la guerra de los bóers. Luego, ¡zas!, dentro de un túnel y después en Sandling Juction, que se hallaba oscurecida —tenÃa todas las lámparas encendidas— y empotrada en una gran espesura de rododendros que se habÃan esparcido por allà procedentes de algún jardÃn contiguo y habÃan crecido y se habÃan desarrollado enormemente valle arriba. En una vÃa muerta de la estación de Sandgate habÃa un tren de carga lleno hasta los topes de leños de rododendro, y allà fue donde el ciudadano de vuelta oyó, por primera vez, hablar del Alimento Estrella.