El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—Parece que se pasan la vida, sus necias vidas insignificantes, en molestar al prójimo —dijo el chico mayor—. Derechos y leyes y reglamentos y granjerías, igual que un juego chino… Bueno, sea como sea, tendrán que vivir en sus casuchas repugnantes, sucias y disparatadas durante algún tiempo todavía. Es evidente que no podemos continuar nuestra obra.

Y los chicos Cossar dejaron aquella gran casa sin terminar, mero hoyo de cimientos y el comienzo de una pared, y se volvieron, malhumorados, a su gran recinto. Al cabo de un cierto tiempo el hoyo se llenó de agua y con elementos estancados, hierbas y sabandijas, y el Alimento, ya fuese echado allí por los hijos de Cossar, ya viniera a parar allí como polvo impelido por el viento, empezó a desarrollar toda la materia viviente a su modo habitual. Ratas de agua invadieron el país causando muchos daños, y un día un campesino encontró a sus cerdos bebiendo de aquella agua e instantáneamente y con gran presencia de ánimo —porque sabía lo del gran puerco de Oakham— los sacrificó a todos. Y de aquel profundo estanque fue de donde salieron los mosquitos, unos mosquitos terribles, cuya única virtud consistió en que los hijos de Cossar, después de haber sido picados por ellos, no pudieron sufrirlo más, y aprovechando una noche de luna, cuando la ley y el orden dormían, abrieron un canal y dirigieron el agua hacia el río, por Brook.


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