El alimento de los dioses

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Y como es más fácil aborrecer las cosas animadas que las inanimadas, a los animales más que a las plantas y a los seres humanos más que a los animales, el miedo y las molestias engendrados por las ortigas gigantes y por las hojas de hierba de dos metros, por los espantosos insectos y por las sabandijas que parecían tigres, fue acumulándose en un gran rencor que apuntaba directamente a aquella banda dispersa de enormes seres humanos, los Niños del Alimento. Aquel odio había llegado a ser la fuerza central en cuestiones políticas. Las antiguas directrices de los partidos habían sido negadas y borradas del todo ante la insistencia de aquellos nuevos problemas y el conflicto estaba ahora entre el partido de los contemporizadores, que sostenían la opinión de que se tenía que confiar a muy pocos políticos el control y la regulación del Alimento, y el partido de la reacción por el que hablaba Caterham, siempre con la más siniestra ambigüedad, cristalizando sus intenciones primero en una frase amenazadora y después en otra, como, por ejemplo, que se debía «evitar el crecimiento desmedido de la zarza», o descubrir «la curación de la elefantiasis», y por fin, en vísperas de la elección, «arrancar las ortigas».




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