El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Un buen día, los tres hijos de Cossar, que ya no eran niños sino hombres, se hallaban sentados en medio de sus fútiles trabajos, conversando a su manera de todas estas cosas. Habían estado trabajando todo el día en una serie de grandes y complicadas trincheras que su padre les había pedido que hicieran, y estando el sol ya en el ocaso se habían sentado en el reducido espacio destinado a jardín que había ante la gran casa y miraban al mundo mientras descansaban esperando que los diminutos servidores de la casa les dijeran que su comida estaba a punto. Debéis imaginaros estas enormes figuras, la menor de ellas de doce metros de estatura, reclinándose sobre un pedazo de césped que a un hombre corriente le habría parecido un rastrojo de cañas. Uno de ellos se había incorporado y se quitaba la tierra de las enormes botas con una viga de hierro que tenía agarrada con una mano, el segundo se apoyaba en el codo y el tercero desbastaba un pino, lo cual impregnaba el aire con olor a resina. Iban vestidos, no de tela, pues los trajes interiores eran de soga entretejida y los vestidos exteriores de alambre de aluminio afelpado. Iban calzados de madera y hierro, y los gemelos, botones y cinturones de sus trajes eran de acero plateado. La gran casa de una sola planta en que vivían, egipcia por su solidez, era mitad de monstruosos bloques de greda y la otra mitad excavada en la roca viva de la colina. Tenía sus buenos treinta metros de altura vista desde su fachada, y vista por su parte trasera, las chimeneas, las ruedas, las grúas y las techumbres de sus cobertizos de trabajo se destacaban maravillosamente contra el cielo. A través de una ventana circular de la casa se hacía visible un caño por donde se vertía cierto metal fundido al rojo blanco, goteando continuamente en gotas regulares para caer en un receptáculo fuera del alcance de la vista. Aquel sitio estaba cercado y someramente fortificado con monstruosos taludes de tierra reforzados con acero tanto por encima de la cumbre de la colina, como abajo, en la depresión del valle. Se necesitaba algo de tamaño corriente para poder comparar la escala. El tren que venía resollando de Sevenoaks, atravesando su campo visual y hundiéndose de inmediato en el túnel, parecía, en comparación con todas aquellas obras, un pequeño juguete automático.


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