El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Nos han prohibido el paso por todos estos bosques de la parte de acá de Ightham —dijo uno de los chicos—. Y el letrero que estaba en Knockholt lo han trasladado de dos millas hacia acá.
—Es lo menos que podĂan hacer —dijo el más joven, despuĂ©s de una pausa—. Intentan quitarle argumentos a los pretextos de Caterham.
—Lo cual no es suficiente y es demasiado para nosotros.
—Quieren aislarnos del Hermano Redwood. La Ăşltima vez que fui a verlo, los letreros rojos se habĂan adelantado alrededor de una milla por ambos lados. El camino que nos conduce a Ă©l por la colina ya no es nada más que un angosto vericueto.
El que hablaba se calló reflexionando y añadió:
—¿Qué le ha pasado a nuestro Hermano Redwood?
—¿Por qué? —preguntó el hermano mayor.
El otro cortĂł una rama de su pino.
—Estaba como si no estuviese del todo despierto. No pareciĂł escuchar lo que yo tenĂa que decirle. Y dijo algo de… amor.
El más joven golpeĂł con su viga el borde de la suela de hierro y se echĂł a reĂr.
—El Hermano Redwood sueña —dijo. Nadie habló durante un rato. Luego el hermano mayor repuso: