El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—Son muy pequeños —dijo el hermano menor—, pero son tan incontables como las arenas del mar.

—Tienen armas… Tienen el armamento que han fabricado nuestros Hermanos de Sunderland.

—Además, hermanos, si exceptuamos los bichos y los pequeños accidentes con alguna mala bestia, ¿qué sabemos nosotros lo que es matar?

—Lo sé —aprobó el hermano mayor—. Y por todo esto… somos lo que somos. Cuando llegue el día de la aflicción tendremos que hacer lo que debamos.

Cerró de golpe su cortaplumas —la hoja era larga como un hombre— y utilizó su nuevo báculo de pino para levantarse. Se volvió hacia la inmensidad gris y achaparrada de la casa. Al levantarse, un rayo carmíneo del sol poniente se reflejó en la malla y los cierres del cuello y en el metal tejido de los brazos, y a los ojos de su hermano pareció como si de repente se hubiese cubierto de sangre…

Al levantarse, el joven gigante vio una figurilla negra destacándose en la incandescencia del ocaso, encima del talud que se erguía en lo alto de la colina. Las negras extremidades hacían torpes aspavientos. Algo indescriptible que había en el modo de gesticular indicaba prisa en la mente del joven gigante, que hizo voltear su tranca de pino y llenó el valle con un potente:

—¡Atención…! Pasa algo.

Y echó a andar para recibir y ayudar a su padre.


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