El alimento de los dioses

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V

Dio la casualidad de que otro joven que no era ningún gigante iba descargando sus ideas sobre los hijos de Cossar, precisamente al mismo tiempo. Procedía del otro lado de las colinas, de más allá de Sevenoaks, y venía con un amigo suyo. Era éste a quien hablaba. Y a lo largo del seto habían oído un lastimero piar y habían intervenido para salvar a tres pavos del ataque de un par de hormigas gigantes. Fue aquella aventura lo que inició la conversación.

—¡Reaccionario! —dijo el joven al llegar al campamento de los Cossar—. ¿Quién no sería reaccionario ante esto? ¡Mira aquel cuadro de terreno, aquel espacio de la tierra de Dios, que en otro tiempo fue agradable y hermoso, y ahora desgarrado, mancillado, destripado! ¡Esos cobertizos! ¡Aquel gran molino de viento! ¡Aquella monstruosa máquina con ruedas! ¡Aquellos diques! ¡Mira esos tres monstruos aquí sentados conspirando para llevar a cabo alguna treta infernal! ¡Mira… mira toda esta tierra!

Su amigo lo escrutó fijamente.

—Has estado escuchando a Caterham —dijo.


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