El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Ahora bien, por extraño que parezca, es un hecho que la princesa gigante ignoraba en absoluto la existencia de otros gigantes, hasta que llegó a Inglaterra. Había vivido en un mundo donde el tacto constituye casi una pasión, y la reserva, la atmósfera en que se vive. Le habían ocultado este hecho, la habían aislado de la vista e incluso de la sospecha de toda forma gigantesca hasta que se cumpliera la fecha señalada para su viaje a Inglaterra. Hasta que vio al hijo de Redwood no tuvo la menor idea de que hubiera en el mundo otro gigante.
En el reino del padre de la princesa había grandes altiplanicies yermas y montañas baldías donde ella se había acostumbrado a vagar libremente. Le gustaba la salida y la puesta del sol y todo el gran espectáculo del firmamento, pero al hallarse entre un pueblo antaño tan democrático y tan vehementemente leal como el inglés, su libertad quedó muy restringida. La gente acudía a verla en carricoches, en trenes de excursión, en multitudes organizadas. Millares de personas recorrieron largas distancias en bicicleta para poder contemplarla, y la princesa tenía que levantarse muy temprano si quería poder pasear en paz. Era aún muy cerca del alba aquel día en que el joven Redwood se encontró con ella.