El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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El Gran Parque contiguo al palacio donde ella vivía se extendía en una longitud de más de veinte millas hacia el oeste y el sur. Los castaños de sus avenidas se alzaban por encima de la cabeza de la princesa. Cada uno de los castaños al pasar ella por delante parecía ofrecerle una riqueza más abundante de flores que el árbol anterior. Durante un buen rato se conformó con la vista y el olor de los capullos, pero al final quedó vencida por tantos ofrecimientos y se puso a coger tantas flores que no se dio cuenta de la presencia del joven Redwood hasta que éste estuvo muy cerca.

Ella seguía andando por entre los castaños, con el amante que le deparaba el destino acercándose cada vez más, imprevisto, insospechado. Metió las manos por entre las ramas, quebrándolas y reuniéndolas en un ramo. Estaba sola en el mundo. Entonces…

Levantó la vista y en el acto se encontró con su pareja.

Necesitamos ahora poner nuestra imaginación en la estatura de él para ver la belleza que él vio. Aquella inaccesible grandiosidad que impide nuestra inmediata simpatía hacia ella, no existía para él. Allí había una graciosa muchacha, la primera persona que podía parecerle una pareja adecuada.


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