El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡Ya te lo dije! —exclamó otro—. Eso no va…
—Todo esto —dijo la princesa— es más asombroso de lo que pudiera expresar con palabras.
—Pero eso de que no te lo hayan dicho… —empezó a decir él, y dejó la frase incompleta…
—Hasta que te he encontrado vivÃa en un mundo donde yo era la única grande. Me habÃa hecho una vida… para esto. Yo creÃa ser la vÃctima de alguna extraña aberración de la naturaleza. Y ahora mà mundo se ha derrumbado en media hora y percibo otro mundo, otras condiciones de existencia, posibilidades, mucho más amplias… camaraderÃa…
—¡CamaraderÃa! —repitió él.
—Quiero que me expliques más cosas aún, muchÃsimas más cosas. Porque esto pasa por mi mente como si fuera un cuento. Hasta tú… Tal vez dentro de un dÃa o de varios dÃas, creeré en ti. Ahora… Ahora estoy soñando… ¿Oyes?
La primera campanada del reloj de las salas del palacio, allá a lo lejos, habÃa llegado hasta ellos. Contaron maquinalmente: «siete».