El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —En cierto modo. Pero ya sabes que todos los medios de muerte están en sus manos, fabricados por sus manos. Durante centenares de millares de años esos enanos cuyo mundo hemos invadido han estado aprendiendo el modo de matarse unos a otros. Son muy hábiles en eso. Y en otras muchas cosas. Y, además, saben engañar y cambiar súbitamente… No sé… Que venga el conflicto y verás. Tú quizá seas diferente de nosotros. Para nosotros es seguro que el conflicto tiene que estallar… eso que ellos llaman Guerra. Ya lo sabemos. Y hasta cierto punto nos preparamos para cuando llegue. Pero ¿sabes…? ¡Esa gente pequeña…! Nosotros no sabemos matar, ni ganas…
—¡Mira! —interrumpió ella.
El joven Redwood oyó un bocinazo. Volvió la cabeza en la dirección indicada por los ojos de ella y se encontró con un automóvil amarillo, con un conductor que llevaba anteojos ahumados de motorista y unos pasajeros abrigados con pieles, agraviados y resentidos a sus plantas. Retiró de pie y el artilugio, con tres airados bufidos, reanudó su carrera hacia la ciudad.
—¡Obstruyendo la carretera! —gritó uno de los ocupantes.
Luego alguien dijo:
—¡Mira! ¿Has visto? ¡Allà está la monstruosa princesa, más allá de la arboleda! —Y todos los rostros con gafas se fijaron en ella.