El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Aunque creà que yo estaba sola en el mundo —dijo ella después de una pausa—, he pensado en estas cosas. Siempre me han enseñado que la fuerza era casi un pecado, que era mejor ser pequeño que grande, que toda religión verdadera se proponÃa cobijar al débil y pequeño, alentar al débil y al pequeño, ayudarle a multiplicarse cada vez más hasta que finalmente se vean obligados a subirse los unos encima de los otros, y a sacrificar toda nuestra fuerza en su causa. Pero… siempre he dudado de la verdad de lo que me enseñaban.
—Esta vida —dijo él—, nuestros cuerpos, no han de perecer.
—–No.
—Ni vivir en la futilidad. Pero si no queremos hacerlo, todos nuestros Hermanos encuentran claro que debe producirse un conflicto. Yo no sé qué conflicto está a punto de suscitarse antes de que la gente pequeña tolere que vivamos tal como necesitamos vivir. Todos nuestros Hermanos han pensado en ello. Cossar, de quien te he hablado, también ha pensado en ello.
—Ellos son muy pequeños y muy débiles.