El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¡Adiós! —dijo ella—. ¡Adiós! ¡Adiós, hermano gigante!
Él vaciló, presa de una emoción indecible, y por fin contestó sencillamente:
—¡Adiós!
Durante un rato permanecieron con las manos cogidas, examinándose mutuamente. Después de separarse, ella se volvió para mirarlo varias veces, dubitativamente, mientras él permanecÃa inmóvil en el mismo sitio donde se habÃan encontrado…
La joven entró en el gran patio del Palacio como una sonámbula, con una gran rama de castaño en la mano.