El alimento de los dioses

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III

Los dos volvieron a encontrarse catorce veces antes del principio del fin. Se encontraron en el Gran Parque, o en los altozanos, o entre las cañadas de los eriales cubiertos de brezos, surcados por polvorientos vericuetos y encuadrados por oscuros pinares que se extendían hacia el sudoeste. Dos veces se encontraron en la gran avenida de castaños y cinco veces cerca del gran lago que el rey, el abuelo de ella, había hecho construir allí. Había cierto sitio donde un gran prado muy bien cuidado, plantado de altas coníferas, se inclinaba graciosamente hasta el borde del agua, y allá se sentaba ella y él se echaba a su lado mirándole el rostro y hablando, contándole todas las cosas que habían ocurrido y explicándole la clase de trabajo que su padre le había asignado, y el grande y espacioso ensueño de lo que los gigantes serían algún día. Generalmente se encontraban al despuntar el alba, pero en una ocasión se encontraron por la tarde, viéndose cercados por una verdadera multitud de impertinentes que estaban más o menos ocultos a la escucha: ciclistas y peatones atisbando por entre las matas y los arbustos, haciendo crujir las hojas secas de los bosques (con el mismo rumor que hacen los gorriones en los parques de Londres), deslizándose en lanchas por el lago para conseguir un mejor punto de vista e intentando llegar más cerca de ellos para oír lo que se decían.


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