El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Todo esto hacía evocar a Bensington el recuerdo de su juventud y el ya olvidado gozo de vivir. Ante él, la promesa de su descubrimiento surgió clara y alegre, y le pareció que era realmente el día más feliz de su vida. Y cuando en el soleado cobertizo de la arenosa colina bajo la sombra de los pinos, vio los polluelos que se habían alimentado con la mezcla que él les había preparado, gigantescos y desgarbados, mayores ya que muchas gallinas adultas y con hijos; y creciendo todavía, aún con su primer y blando plumón amarillo (apenas mucado de marrón en el lomo), estuvo completamente seguro de que el día más feliz de su vida había llegado.

Ante la insistencia de Skinner, el señor Bensington entró en el gallinero, pero después de haber sido picoteado en las rajas de las botas dos o tres veces, volvió a salir, y se quedó observando aquellos monstruos a través del alambrado. Los miró embelesado, siguiendo con la vista todos sus movimientos como si no hubiese visto un pollo en toda su vida.

—Cómo cerán cuando hayan crecido del todo, ez coza que uno no puede imaginarce —dijo Skinner.

—Grandes como caballos —aventuró Bensington.

—Pocible —admitió Skinner.

—¡Una sola ala servirá de comida a varias personas! —exclamó el señor Bensington—. Y habrá que cortarlos en filetes, como la carne de la vaca:


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