El alimento de los dioses
El alimento de los dioses El joven no acudió a la siguiente cita sino después que ella hubo aguardado un buen rato. TenÃan que encontrarse a mediodÃa en un gran espacio del parque situado en la curva del rÃo, y mientras ella lo estaba esperando, mirando siempre hacia el sur, resguardándose de la luz con la mano como pantalla, se dio cuenta de que todo estaba muy quieto, de que en realidad estaba sospechosamente quieto. Y luego percibió que, a pesar de lo avanzado de la hora, su habitual cortejo de espÃas voluntarios no habÃa comparecido. Ni a derecha ni a izquierda, a despecho de escrutarlo bien, aparecÃa nadie a la vista, y ni un solo bote se divisaba sobre la plateada curva del Támesis. Intentó encontrar un motivo que explicase aquella extraña quietud…
Luego, y aquello fue para ella un gratÃsimo descubrimiento, divisó al joven Redwood en la lejanÃa, en un claro que dejaba la arboleda que ponÃa un lÃmite a su perspectiva.
Inmediatamente los árboles lo ocultaron, pero en seguida apareció por entre ellos a plena vista. La princesa pudo darse cuenta de que habÃa algo raro, y vio que él se apresuraba de un modo nada habitual en él y que cojeaba. Hizo un gesto y ella se le acercó. El semblante de él se le hizo más preciso, y entonces vio con infinita zozobra que hacÃa una mueca a cada paso.
