El alimento de los dioses

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Sería por la dirección de la carretera y de la vía férrea o sería por pura casualidad, lo cierto es que se puso a caminar hacia Londres y se dirigió a grandes zancadas, por encima de las colinas, a través de los prados, bajo el tórrido sol de la tarde, ante la infinita sorpresa de todo el mundo. Nada significaban para él aquellos cartelones rojiblancos arrancados y destrozados, con diversas indicaciones, que pendían de graneros y paredes; no sabía nada de la revolución electoral que había elevado al poder a Caterham, el «matador de gigantes». Nada significaba para él el hecho de que cada puesto de policía a lo largo de su ruta hubiese fijado sobre su tablero de edictos lo que se llamaba «el decreto de Caterham», proclamando que a ningún gigante, a ninguna persona que sobrepasara los dos metros y medio de estatura le sería permitido alejarse más de ocho kilómetros de su «sitio de residencia» sin una autorización especial. Nada significaba para él que en la estela que dejaba su paso unos oficiales de policía, no poco satisfechos de haber llegado tarde, agitasen amenazadores prospectos a sus espaldas mientras se alejaba. Quería ver lo que el mundo tenía que enseñarle, pobre incrédulo. Y no toleraba que nadie se interpusiera en su camino, aunque fuera una persona que le gritase briosamente: «¡Eh…!». Fue andando cuesta abajo por Rochester y Greenwich hacia aquel gran conglomerado de casas, cada vez más denso, ahora despacio, mirando a su alrededor y balanceando su enorme cuchilla.


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