El alimento de los dioses
El alimento de los dioses »No quiero —agregó. Luego, indignado, maldijo a la cantera. Disponiendo de pocas palabras, buscó el modo de expresar sus ideas en acciones. Cogió una vagoneta a medio llenar, y levantándola, la arrojó con fuerza contra otra. Luego cogió una hilera entera de vagonetas y las envió rodando cuesta abajo. Lanzó en medio de ellas un gran peñasco de pizarra que las hizo polvo y a continuación arrancó una docena de metros de vía de un soberbio puntapié. Así comenzó su concienzudo destrozo de la cantera.
—¡Trabajando toda mi vida en esto! —rugió.
Fueron cinco minutos pasmosos para el pequeño geólogo que Caddles, enfrascado en sus preocupaciones, había olvidado. Aquel pobre hombre, habiéndose escapado por un pelo de que le dieran dos pedruscos, salió disparado y echó a correr a campo traviesa, con la mochila batiéndole la espalda y las piernas enfundadas en unos pantalones bombachos que temblaban horrorosamente, dejando un rastro de equinodermos cretáceos tras él, mientras el joven Caddles, satisfecho con la destrucción que había conseguido, salía, dando grandes zancadas, para cumplir sus propósitos con respecto al mundo.
—¡Trabajar en esta vieja cantera hasta que me muera y me pudra y hieda…! ¿Qué clase de gusano creyeron que vivía en mi cuerpo de gigante? ¡Cavando pizarra para Dios sabe qué tonterías! ¡No seré yo!